Blanco abedul,
Valentín Carcelén Ballesteros (poeta, profesor)
esqueleto de nieve
para el invierno
Es curioso que en la misma sierra de Ayllón, a poco más de 100 Km de Madrid, haya parajes-bosques que se convierten en “lugares de culto” y visita obligada en el turismo verde, y otros, igualmente bellos, que afortunadamente todavía conservan su halo de soledad y pureza. Tal es el caso, entre los primeros, de los hayedos de Montejo y Tejera Negra, quizás botánicamente más valiosos por estar en el límite de su área de distribución, pero tan frecuentados que existen restricciones para pasear por ellos (de paso, me pregunto si la mayoría de estos visitantes no saben que más al norte las hayas abundan y no es necesario pedir permiso para contemplarlas). Sin embargo, a pocos kilómetros en la misma sierra hay otros bosques que rivalizan tanto o más en belleza y vistosidad con los anteriores, y todavía es posible disfrutarlos en la más absoluta soledad.
Una dehesa boyal es un lugar acotado, casi siempre cercado, que tradicionalmente se ha utilizado para el pastoreo de ganado, siendo su disfrute exclusivo y gratuito para los vecinos de la localidad. Al ser terrenos comunales (o sea, de todos los vecinos), es por eso que muchas dehesas de este tipo se han conservado estupendamente hasta nuestros días.
Así que la dehesa boyal de Somosierra, la dehesa bonita, en la vertiente sur, muy cerca del puerto, con su precioso bosque mixto de abedules, robles albares y rebollos, avellanos y otras muchas especies de hoja caduca fue para mí, un afortunado descubrimiento. Tantas veces recorriendo la autovía A1 camino del pueblo y no ha sido hasta hace pocos años que empecé a dirigir la mirada desde mi vehículo hacia aquel reducto de árboles plateados que se adivinaba a pocos cientos de metros. Hasta entonces al abedul siempre lo había encontrado disperso o en pequeños grupos de pocos árboles, entre los altos pinos silvestres, asociado con los álamos o colonizando áreas marginales de montaña, más o menos asociado a algún río o pequeño arroyo. Desde entonces Somosierra, con su precioso bosque de abedules forman parte de mi “patrimonio natural y sentimental” al que recurro casi en cada estación del año para empaparme de su compañía.
Aquí, con el telón de fondo del pico de la Cebollera, los abedules rivalizan en tamaño, cantidad y belleza con robles, serbales, acebos, avellanos, mostajos y otros arbolillos, aguantando los rigores de frío y humedad que se dan en estas montañas, y que le permiten sobrevivir. Los bosques de abedules fueron desapareciendo de los lugares que ocupaba históricamente tras las últimas glaciaciones hace miles de años debido a su aprovechamiento forestal, hasta el punto de que apenas quedan pequeños bosques de pocas hectáreas de ellos en la península, y este es uno de ellos. Éste, el de Somosierra, es un bosque relicto testigo de aquellas épocas.
Una vez que inicio el paseo, el ruido de paso de vehículos por la autovía va quedándose poco a poco atrás, mientras que recorro el camino rodeado de monte bajo, pinos y algunos robles; poco a poco, a media que el camino se acerca a la vaguada del arroyo el bosque se hace más espeso, los avellanos y algunos fresnos forman sugerentes y tupidas galerías obligándonos, en las estaciones de hojas, a mirar atentamente hacia arriba para entrever los árboles más altos. Descubro los primeros abedules cerca del arroyo que recorre el paraje de este a oeste. Ahora ya no se oye la carretera, tan solo el murmullo del arroyo que me invita a recorrer sus orillas. Abandono el camino para seguir su cauce hacia arriba. Pronto aparecen los primeros bosquetes de abedules jóvenes y entre ellos, abedules algunos quizás centenarios –a pesar de no ser una especie longeva-, de gruesos troncos y agrietadas cortezas junto al arroyo.
Unos con forma de candelabro, otros más tendidos hacia el suelo, algunos ya han perdido algunos brazos que ahora se funden poco a poco con el suelo vivo del bosque devolviendo a la tierra lo que nació de ella.
Los más jóvenes, apuntando claramente hacia el cielo y rivalizando entre ellos por la luz. Pasear entre ellos, detenerse a contemplar estos árboles singulares, sus formas, sus ramas, las raíces que deja entrever entre la hojarasca… despiertan la imaginación y el sentimiento de admiración y respeto por los árboles. Y cuando se establece la sintonía, empezamos a comprender la generosidad de estos seres vivos, su carácter acogedor y de fuente de vida. No es extraño entonces pensar que del bosque surgieran tantas leyendas, mitos, cantos, ceremonias, tradiciones y misterios. Duendes, hadas, lamias, Basajaun, busgosus, faunos y otros espíritu.
“En los países eslavos siempre se creyó que en estos árboles habitaban los espíritus del bosque.Las ramas servían para apaciguarlos, como las ramas de los abetos apaciguaban a las Furas.En la Edad Media, se creía en el norte de Europa que las brujas cabalgaban sobre escobas hechas con madera de abedul”
(Antonio Colinas, “La llamada de los árboles”)
En otoño, las hojas de abedul se tiñen de colores rojos, ocres, amarillos… rivalizando en vistosidad con el resto de árboles del bosque…
… y en invierno, cuando las copas de los abedules aparecen desprovistas de hojas, sus troncos plateados resultan espectaculares al recibir más directamente los inclinados rayos de sol y reflejarse en sus revestimientos.
La corteza del abedul es su seña de identidad: en los primeros años tiene un tono rojizo y después se va blanqueando, hasta que en la vejez empieza a agrietarse y oscurecer. Y con la edad la corteza se va “rompiendo” en láminas finas teñidas de amarillo o de blanco que dejan ver la corteza inferior. En otoño es fácil ver grandes trozos de cortezas de abedul en el suelo que permanecen mucho tiempo sin pudrirse por ser rica en aceites y resinas.
Los abedules no son árboles longevos –los de Somosierra son una excepción-, son amantes de la luz, colonizan nuevos territorios, a menudo donde otros no quieren vivir, forma pequeños bosques y, cuando empiezan a declinar, sucumbirán bajo la sombra y el empuje de hayas y robles.