Del mar Cantábrico al mar Mediterráneo: un viaje a pie por los Pirineos (III)

(Viene de la entrada anterior)

“Se hace camino al andar

Antonio Machado

El camino

Paso a paso, poco a poco, así comienza todo. Esa repetición nos hace caminar, y el camino nos hace vivir. Andar por un camino implica seguirlo, de modo que me ceñí a él, como siguió Teseo el hilo desenrollado del ovillo de Ariadna. El camino está, en general, bastante bien marcado –en algunos tramos excesivamente marcado-, hasta el punto de parecer estar siguiendo un rastro de migas.

Siguiendo el rastro de migas

Técnicamente no es complicado, pero se trata de etapas largas, una media de seis o siete horas de caminata al día, con subidas largas y duras y bajadas muchas veces más complicadas que las subidas, con andaderos irregulares e incómodos. Se pasa uno el día subiendo y bajando: subir mil metros o más de buena mañana para descenderlos después por la tarde. Hay  montañeros  que  caminan  deprisa  y  otros  que  prefieren  tomárselo con calma. En el camino me encontré con gente que hizo todo el sendero en apenas un mes. Otros, en cambio, hemos necesitado un mes y medio, y muchos necesitarán más días, especialmente si nos lo tomamos con calma y disfrutamos de algunas jornadas de parada y descanso, como fue mi caso. En una salida de uno o dos días se lleva una mochila ligera, se puede prever si va a hacer buen tiempo, o es mejor dejarlo para otra ocasión en que las condiciones sean más favorables. En una travesía tan larga como la del GR11 hay que tener claro que caminaremos con cualquier tiempo y condición, ya que lo más probable es que haya días buenos y otros que tengamos que aguantar caminando bajo una tormenta. Superar estas adversidades es uno de los desafíos de la travesía.

En algún tramo perdí el sendero y tuve que echar mano del mapa y del sentido de la orientación, y también eché mano del teléfono móvil  algunas mañanas antes del alba cuando empezaba a caminar todavía de noche y no encontraba el inicio del sendero (en la imagen, en color naranja, las vueltas que dí en un pinar a la salida del refugio de Malniu, antes del amanecer, hasta dar con el sendero, en verde…)

Cuando el camino es tan largo, cada mañana, las opciones del senderista se reducen a dos: andar o dejarlo. Una vez tomada esta decisión, todas las demás empiezan a encajar por sí solas. Después de los primeros días, cuando empezamos a superar los primeros momentos de incertidumbre, cuando nos adaptamos a la nueva rutina y comienzan a desaparecer  los dolores en la espalda o en los pies, la mente comienza a abrirse a nuevas sensaciones: desaparecen los ruidos motorizados, apenas se cruza alguna carretera o tal vez ninguna en muchas jornadas, los tendidos eléctricos y de teléfonos van quedando lejos. Desaparecen las preocupaciones cotidianas, el alud de información que nos inunda cada día. Y nuestra mente empieza a ser consciente de que tiene más tiempo de reflexionar y de pensar en uno mismo.

Entonces caminar se convierte en sí mismo en la aventura de cada día, en una rutina sencilla, repetitiva. Un paso tras otro. El camino zigzaguea por una ladera, o asciende por un valle al hilo de un río, o recorre una cresta de cumbres, o se empina por un sendero a través de un bosque. A veces es una línea bien marcada por el paso de la gente o de los animales, en otras el camino es cómodo y se anda ligero, a veces monótono. Y a veces un canchal de bloques de piedras nos obliga a depurar el paso y dominar el equilibrio. Se camina entre lo accesible, lo salvaje y a veces lo intransitable (¿dónde narices dejé el camino?). Hay siempre un punto de partida, un recorrido y un final de etapa, que es el momento en el que podemos descansar para reiniciar la rutina al día siguiente. Pero sin perder de vista la meta, aunque aún esté lejos. Esto a veces me restringía el tiempo que disponía para sentarme largamente a descansar y admirar el paisaje tanto como quisiera.

Henry David Thoreau, escritor, naturalista y gran caminante norteamericano, llegó a otorgar al caminar la categoría de arte. Él hablaba del arte de caminar… no entendía a la gente que se pasaba horas, días, toda su vida sin salir de sus casas y oficinas, sin mover las piernas para caminar al aire libre, sin buscar la compañía del bosque, la pradera  o la montaña.

Al caminar por la montaña se observa, se escucha, se siente el camino, el senderista solitario trata de entablar un diálogo con su entorno, adaptarse a él, con el respeto que merece por no saber qué es lo que te vas a encontrar. Todo es nuevo y diferente. Y entonces todo se vuelve armónico. Caminar tantos días por la montaña exige esfuerzo, corazón y cabeza: cuando el cansancio nos hace flaquear las piernas, es necesario tirar de corazón y de cabeza para alcanzar la meta. Una vez que nos ponemos en marcha, lo importante no es la distancia, el desnivel o el tiempo, sino la pasión con la que andas y lo feliz que uno se llega a sentir. Perdiéndome y encontrándome. Experimentando el gozo de escapar de la espesura de los bosques y ascender cada día hacia el aire y la luz. Disfrutando de su silencio. Sintiéndome especialmente vivo.

Soledad

Para algunos la soledad del camino tantos días puede ser lo más duro el viaje. No es lo mismo caminar y pasar por penurias solo que acompañado, y tampoco es lo mismo disfrutar del paisaje y sentirse feliz por ello sin tener a nadie con quien compartir todos esos momentos, a pesar de la dureza del recorrido. Encontrarte en situaciones peligrosas como tormentas  en zonas altas y solitarias del pirineo aragonés, o en los laberintos montañosos de la alta Garrotxa de Girona es duro. Allí solo estas tú, lo afrontas todo a tu manera, y eso hace que seas más fuerte y conozcas como reaccionas en cada situación.

Al iniciar la travesía a mediados de agosto, los primeros días me encontraba ocasionalmente con gente, paseantes, montañeros en busca de una cima. Algunos iban haciendo un tramo del sendero GR11, coincidía con ellos al final de la etapa y charlaba un rato. Al cabo de dos o tres días ellos dejaban la senda y yo continuaba. Desde primeros de  septiembre puedo decir que hice casi todo el recorrido prácticamente solo. Me levantaba temprano, a las seis de la mañana echaba a andar todavía de noche, y muchos días apenas me encontré con una o dos personas en todo el recorrido. Sin embargo, salvo en los tramos más duros y solitarios donde podría tener dificultades, al caminar no eché en falta la presencia de gente a mi alrededor.

La soledad es una experiencia vital que nos permite conocernos mejor. En mi caso, aunque me gusta estar con la gente que aprecio, siempre he disfrutado de la soledad, mucho más cuando he estado en la naturaleza. El sol, la niebla, las montañas, la brisa, el murmullo del agua, los sarrios, las marmotas o las lagartijas,… En la naturaleza nunca me he sentido solo, tampoco ahora que he estado tantos días caminando en soledad. Aunque sí he añorado, en determinados momentos del camino, poder estar en compañía de mis personas más queridas. Entre el silencio y el parloteo, entre el sosiego y la crispación, entre la calma y la turbación, entre el orden mental y el caos, mi elección está clara. En el campo puedo estar aislado, pero raras veces me siento solo. En el bullicio de una calle abarrotada o en un centro comercial, en medio de la multitud, no estoy aislado, pero me siento mucho más solo y fuera de lugar.  Decía el filósofo norteamericano Ralph Waldo Emerson:

Guarda la ciudad para las ocasiones especiales, pero los hábitos deben forjarse en soledad.”

En  las montañas pirenaicas realmente no hay nada que nos pueda hacer daño; no es la selva, si tienes experiencia y cuidado no tiene porqué pasar nada. Caminando por la naturaleza en soledad tantos días aprendemos a percibir otras sensaciones que hemos perdido en la urbe, cuando nos hemos alejado de ella. Las ideas fluyen y el ánimo se confunde con el paisaje. Nos liberamos de ataduras (la televisión, el teléfono, las redes sociales…); podemos detenernos para disfrutar de pequeños placeres (arándanos, frambuesas, moras), tomar fotografías o seguir un camino u otro, a nuestro ritmo. Recuperamos valores como la simplicidad, la autosuficiencia, la confianza en uno mismo; damos importancia a lo que realmente la tiene; Perdemos la noción del tiempo,  precisamente porque no lo malgastamos, sino porque lo vivimos.   Y, a la vez, reconquistamos un tiempo y un bienestar interior que quizás habíamos perdido o no habíamos percibido nunca. Pero también valoramos de distinta forma lo que hemos dejado en casa: las comodidades, tu familia, tu gente. Al regreso das importancia a lo que realmente la tiene para ti…   CONTINUA EN LA SIGUIENTE ENTRADA

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