Del mar Cantábrico al mar Mediterráneo (II): un viaje a pie por los Pirineos

“Si no te arriesgas a  que las cosas te salgan mal, nunca te saldrán bien”

Alfonso Vizán, alpinista madrileño

(Viene de la entrada anterior)

Motivación

Pero ¿por qué recorrer este sendero desde el principio al fin? ¿Y por qué ahora? En realidad no tengo una respuesta única. El sueño estaba ya ahí, incubándose,  asomándose año tras año cada vez que, un verano tras otro, escapaba una semana a andar por las montañas y seguía parte del trazado del GR11. Y en mis caminatas coincidía ocasionalmente con algún montañero que estaba recorriendo la travesía en su totalidad, en un único y colosal esfuerzo. A veces me paraba a hablar con aquellos senderistas, y sentía una sana envidia por poder llevar a cabo esta aventura.

Soñar le da sentido a nuestra vida, los sueños nos impulsan, nos inspiran: su concreción nos ayuda a ir transformándonos en la persona que anhelamos ser… no perder los sueños e ir tras ellos…

Las motivaciones para caminar tantos días, como cualquier otra aventura o experiencia vital lejos de casa pueden ser tantas como personas inician camino: habrá quien busque batir una marca personal (y en este caso puede que les falte tiempo para el disfrute del paisaje), otros tendrán motivaciones más personales (quizás una parada entre un empleo y otro, recuperarse después de un drama familiar, un tiempo para aclarar ideas…). También habrá razones que se solapan: estar en forma, establecer vínculos con amigos, sumergirse libremente en la naturaleza, sentirnos más vivos, reflexionar, gozar… pero sobre todo creo que hacer lo que nos gusta nos produce alegría de vivir.

En mi caso este año tenía tiempo y ganas para iniciar y recorrer el sendero de principio a fin, quizás la última oportunidad. Iba sin ningún límite de tiempo, quería disfrutar de mis dos pasiones, caminar por las montañas, y a la vez sacar fotografías que de otra manera tal vez no podría hacer. Me motivaba el poder enlazar, uno tras otro, todos los paisajes que en anteriores excursiones y travesías mucho más cortas ya había recorrido y, una vez tomada carrerilla, superar los límites de lo que ya conocía para adentrarme en ese otro extremo de la cordillera más lejana, el pirineo catalán, del que apenas tenía experiencia y conocimiento. Y por supuesto, disfrutar de la naturaleza, vivir en un prolongado estado de libertad sin estar pensando que el tiempo se me acaba a la vuelta de la esquina. Así que a principios de verano me descubrí planificando mi propia travesía: leía guías y foros, me estudiaba los itinerarios, sus dificultades, empecé a hacer la lista de lo que me llevaría, a buscar lo que me faltaba para preparar la mochila… Y a mediados de agosto estaba listo para empezar.

Empecé a caminar desde el cabo de Higuer, en Hondarribia, con ilusión y sin ninguna pretensión en mi cabeza más allá de disfrutar de la etapa del día y solo pensando en cómo afrontar la del día siguiente. Miraba la meta solo de refilón, como algo lejano e inalcanzable, sabía que en cualquier momento y por cualquier motivo podría volverme a casa. El día de salida amaneció lluvioso pero no me importaba. Quizás el tiempo ha sido de los que menos ha influido en mi estado de ánimo salvo en la dura jornada de Góriz a Pineta.

Pero con tantos días por delante, es evidente que la soledad, la dureza del camino y el cansancio cambian el estado de ánimo y la motivación para continuar de una semana para otra, a veces de un día para otro. En mi caso las perspectivas cambiaron –y mucho- durante todo el trayecto: Al principio estaba muy ilusionado, disfrutando desde el primer día. Me paraba en los sitios hermosos, con vistas amplias. La meta de llegar al Mediterráneo se me antojaba demasiado lejos, así que mi horizonte cada día no superaba más allá del reto de continuar al día siguiente. Después hubo un larguísimo período de rutina, de hacer lo mismo un día tras otro, como una jornada de trabajo más: despertar temprano, caminar, caminar, ducharme, lavar la ropa, escribir, preparar la etapa siguiente, ordenar la mochila, descansar, y así un día tras otro. Cuando uno se encuentra en estos tramos intermedios de un recorrido tan largo, una vez disipado el impulso inicial, es inevitable perder en muchos momentos el propósito de la empresa, llegan momentos de desánimo e incertidumbre, surge la tentación de volver a casa… Hasta que en los últimos seis u ocho días empecé a sentir la atracción gravitatoria del final, y me di cuenta que la meta –ahora sí- estaba al alcance de mi mano. Y entonces solo iba pensando en planificar las jornadas que me restaban al final.  Por fin, el último día, mes y medio después, caminaba alegre y triunfante hacia el extremo del cabo de Creus, pese a que la tramontana que soplaba ese día no me lo puso fácil.

La travesía de los pirineos constituye sobre todo, un ejercicio de determinación. La montaña nos recuerda que como en el trabajo y en la vida, por mala que sea la coyuntura por la que pasemos, si seguimos luchando con determinación, siempre se acaba por disfrutar. Hace falta, eso sí, una cierta fortaleza mental, conocer nuestras limitaciones, saber dosificar las fuerzas, no agobiarse con las dificultades que nos surgen en el camino y tratar de resolverlas con calma.

Ibon superior de Vallibierna

Simplicidad… o no

Caminar tantos días requiere despojarse de todo lo prescindible, de todo lo que es innecesario, y andar lo más ágilmente posible, liberarse de ataduras materiales y, hasta cierto punto, también de las personales (familia, amigos) para centrarse solo en uno mismo y en el camino que resta por delante.

En una travesía tan larga como el GR11 tenía que tratar de llenar la mochila “solo” con lo necesario, sin pasarme de peso, ya que de otro modo el camino sería de sufrimiento. Cuando no hemos tenido experiencias antes, al principio uno intenta cubrir todas las necesidades posibles “por si acaso”, para sentir la seguridad de poder hacer frente a lo que nos surja el camino. Pero todo pesa  y todo suma, y en poco tiempo se da uno cuenta de qué es realmente lo esencial (como en la vida). Una mochila cuanto más sencilla permite un camino más cómodo, pero optar por la máxima libertad implica renunciar a ciertas comodidades, o a tener más herramientas en caso de necesidad… si se desea poco peso para ganar mucha agilidad y libertad, hay que sacrificar las ventajas de llevar más cosas que en un momento dado podemos necesitar. Se trata de buscar un equilibrio. No es difícil.

Caracol en la subida al puerto de Chistau

Planifiqué las etapas y los lugares donde dormir solo la primera semana. Después, por las fechas, intuí que no iba a tener problemas de alojamiento, y seguí más o menos las etapas que vienen en las guías pero de forma un pco anárquica, sin tener todo atado y reservado, pensando en disfrutar más de atardeceres y amaneceres con la tienda que en hoteles y refugios. Esto me suponía llevar tienda, saco y esterilla (cuatro kilos). Más peso. Sin embargo el cansancio y la dureza del camino acabaron por ablandar mis deseos iniciales y acabé sucumbiendo a la comodidad, seducido por el placer de una ducha caliente y dormir en un colchón acogedor. Así que utilicé la tienda solo en cinco ocasiones y dos más hice noche en refugios libres. El resto del camino aproveché toda la gama de alojamientos posibles, desde la más humilde pensión, hasta el confort de los buenos hoteles y paradores. Quien decide no llevar tienda irá más ligero y cómodo, pero tendrá que acortar o alargar etapas para encontrar alojamiento en condiciones a su terminación. Tampoco es complicado.

En mi caso había otras dos cosas de peso de las que no me iba a desprender fácilmente: la cámara y el trípode, en conjunto dos kilos más que se sumaban al combinado tienda-saco-esterilla y al resto del imprescindible equipo. Combinar tantos días seguidos mis dos grandes aficiones, la montaña y la fotografía, no es tarea fácil y me requirió un esfuerzo extra. Sentí bastante el peso sobre mi espalda durante los primeros diez días, pero no estaba dispuesto a dejar la cámara. Después fui adaptándome a mi pesada carga. Casi todo el resto de equipaje lo utilicé durante el camino. En total viajé con unos quince o dieciséis kilos a mi espalda…

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