Silencios

No hay necesidad de amueblar siempre el tiempo con palabras,
muchas veces la presencia basta por sí sola.
El silencio también es comunicación, sobre todo si es cómplice.

David Le Breton (1953) antropólogo y sociólogo francés;

Abro los ojos y lo primero que me llama la atención es el silencio. Un extraño desasosiego me invade: ¿habré perdido el oído? Un pequeño movimiento entre las sábanas me aleja esta posibilidad, afortunadamente.  Es un silencio tan intenso que se convierte en algo casi tangible, como una presencia que invade el espacio y se impone de manera un tanto abrumadora. De madrugada, aquí, en este pueblo del nordeste de Segovia, me siento extraño con este silencio que allá, en la urbe, es imposible de percibir, ya que lo que en la ciudad identificamos como silencio siempre viene acompañado de un ruido de fondo, unas veces más y otras menos audible, pero que llena el espacio en que nos movemos: el paso de agua por las cañerías, un diálogo lejano, unos pasos en el piso de arriba, una radio, un coche en la calle… . Y cuando de repente, en algún momento único y quizás improbable, este ruido de fondo se detiene, nos produce extrañeza y asombro, al menos en nuestra cultura.

En cambio aquí, antes del amanecer, el silencio es algo parecido a un vacío, solo acompañado por el murmullo interior de mi cerebro cuando divaga entre pensamientos y recuerdos. Como un vestigio del pasado que ahora, acostumbrados al ruido, nos causa extrañeza y nos resulta difícil de asimilar. En la noche los contornos de nuestro mundo se desdibujan y el silencio se multiplica, pero es un silencio de profunda ambigüedad: o nos produce paz, o nos genera inquietud ante semejante calma; nos invita al recogimiento, o surge el miedo y la angustia, o quizás ambos a la vez. Y para lo primero es necesario disponer de la autoconfianza y la fortaleza apropiadas para no sucumbir a lo segundo.

Ya en la mañana se van incorporando a nuestro quehacer de nuevo los sonidos, pero aquí los sigo asociando al silencio, sobre todo por oposición a la cantidad de ruidos que se producen constantemente en la ciudad. Salgo a la calle y estamos solos, las casas están todas cerradas, parece un pueblo fantasma. Pero  tampoco se interrumpe totalmente la sonoridad del mundo: el viento agita hojas y ramas, los pájaros dejan oír su canto, en la fuente corre el agua a pesar de que estos días un manto de nieve y hielo cubría el paisaje, nuestros pasos al  caminar entre las hojas en el bosque… las considero otras formas de silencio, no por ausencia de sonidos, sino porque la naturaleza no está cubierta aquí por ningún ruido ocasionado por la mano del ser humano.  En realidad sonidos hay, pero cambian su significado y sus consecuencias. Es evidente que en el entorno natural o rural se está más cerca del silencio, y los sonidos que se escuchan parecen contribuir a realzarlo y acentuar la sensación de paz que emana del lugar. Dice Brosse (citado por David Le Breton) que “se penetra en el silencio como en una habitación oscura. Al principio no se ve nada, después los perfiles de las cosas van emergiendo débilmente, como luces inciertas, cambiantes, por un momento ilusorias; por último, las formas se inmovilizan y se imponen… El bosque se calla, retiene su aliento, pero murmura”.

El silencio se convierte en algo anacrónico, un objeto de deseo para los que vivimos en la ciudad, pero también un espacio a conquistar por la modernidad, es decir, por los medios de comunicación, por el urbanismo. Muchas veces basta con que cese una radio, un ruido continuo, para que el silencio se convierta en algo tangible, casi al alcance de la mano.

“Parece que para oír como es debido el silencio nuestra alma necesitara que algo se calle”

(Bachelard, 1942).

La modernidad trae consigo el ruido. Las comunicaciones (radio, televisión, teléfonos, publicidad…) generan un ruido que anestesia las opiniones y anula las sensibilidades. En nuestro mundo siempre debe reinar el flujo ininterrumpido de zumbidos, de palabras o de músicas, limitándose a ocupar los espacios sin importarle las respuestas, como para conjurar el miedo al vacío. El sonido que para unos es tranquilizante, para otros es molesto. La radio o la televisión invaden la casa  y permanecen a veces funcionando como un simple ruido de fondo. Palabras vacías que no esperan respuesta ni pretenden ser escuchadas con atención. Su tarea consiste en combatir la aridez del silencio, darnos una sensación de presencia y seguridad, sobre todo allí donde el silencio nos desconcierta. Su run-run nos tranquiliza y nos da la prueba tangible de que los demás están cerca, que el mundo sigue existiendo. Aprendemos a convivir con el ruido porque creemos que no nos queda otro remedio, pero el ruido es y será siempre un elemento perturbador en nuestra vida.

Y cuanto más se extienden el ruido y las comunicaciones, más intensa para el ser humano se hace la aspiración al silencio, aunque sea por un instante, a fin de sentir el pulso de la vida, sin las distorsiones que ese ruido genera. Solo así el silencio nos permite encontrar un remanso de paz, una sensación segura de existir, un clima que invita al recogimiento personal, al tiempo sin prisa, y al disfrute de la soledad. Reservas de silencio cada vez más reducidas por la voracidad del urbanismo y de los medios de comunicación.

Aquí, en el espacio reducido de nuestro nuevo hogar, apago la radio. Después de varios días conviviendo con la soledad y el silencio ya no la necesito. El quehacer cotidiano, los pensamientos (o su ausencia) que fluyen por mi cabeza y, al finalizar el día, la inmersión en la lectura tranquila al calor del fuego han sustituido casi por completo la sonoridad de la presencia humana en este pequeño entorno por un remanso de paz que ahora solo depende del diálogo entre dos y de nuestro estado de ánimo. El silencio, que al principio nos causaba extrañeza o incluso temor, nos permite recobrar el equilibrio interior y el descanso.

 Aislarse del mundo no consiste en dar la espalda al entorno, sino en lo contrario: en ver el mundo con un poco más de claridad, mantener un rumbo e intentar amar la vida.

(Erling Kagge, 2017)
Una hoja de roble

En el bosque oscuro
Una baya cae
El ruido del agua          

(Haiku)

Nota: he tomado varias citas del libro “El silencio, aproximaciones“, de David Le Breton

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